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  Historias Cortas

 

Los Mercados de Mark

 

En el cuarto sur de Linkus, la ciudad más grande en Gurinda Mark, los mercados estaban rebosando.

 

[Wow…] Liz miró alrededor, asombrada. [¡Pensé que nunca vería algo más ocupado que el bulevar en la capital, pero este lugar podría hacerle competencia!]

 

La emoción de Liz era entrañable, pero Hiro no pudo evitar notar que su belleza estaba empezando a atraer miradas-

 

[¿Segura?] Preguntó agitado. [La capital debe estar bastante llena.]

 

Hiro nunca había estado en la capital, pero la conocía por su reputación. Era la ciudad más prospera de Soleil, dicen— lo que podrías esperar del gran poder del Imperio Grantz. Sus abarrotados mercados eclipsaban todo lo que alguna ciudad fronteriza pudiera ofrecer.

 

[Bien, quizás la capital es un poco más grande.] Liz admitió. [Pero Linkus es tan vivaz.]

 

[Supongo que significa que el margrave está haciendo un buen trabajo manteniendo la paz.]

 

[¡Pero claro!] Liz asintió orgullosamente. [El tío siempre pone a su gente primero.]

 

Caminaron por los puestos un rato, cambiando de conversación de aquí y allá. Eventualmente, Hiro llegó a detenerse.

 

[¿Y qué estamos haciendo?] Preguntó.

 

A unos pasos adelante, Liz se giro para hacer pucheros. [No seas aguafiestas. ¿Necesitamos una razón para divertirnos?]

 

Él levantó sus manos en defensa. [Hey, nunca dije eso.]

 

[Bien.] Liz estiro su brazo. [Ahora dame tu mano.]

 

¿A qué viene eso? Las cejas de Hiro se fruncieron en confusión. [Ahora espera un…]

 

Liz miró a su mano por un momento, la limpió con su falda, luego se la ofreció una vez más. [Vamos. ¿Qué tal ahora?]

 

[No, yo… Oh, bien.] Hiro cedió y la tomó. Una ligera calidez se extendió por su palma.

 

Liz sonrió. [Muy bien. ¡Demos una vuelta!]

 

 

Liz giggled. “Right, then. Let’s take a look around!”

 

Se puso en camino, jalando a Hiro detrás de ella. Juntos, pasaron el día vitrineando los puestos en el mercado, maravillándose por las mercancías expuestas, intercambiando palabras y sonrisas con los vendedores. Al mediodía, tomaron un descanso para probar la cocina local, se retiraron a un jardín verdoso cercano para descansar. Más allá del cielo, el sol se metía en el horizonte. Lo observaron sin palabras por un tiempo hasta que Liz se cansó del silencio.

 

[Ha pasado un tiempo desde que tuvimos paz y tranquilidad.] Dijo. [Dime.]

 

Hiro se giró a verla. De perfil, la puesta de sol hizo brillar su cabello carmesí con vividos matices. Realmente era hermosa, esta chica. Al menos, en todo el tiempo antes que hubiera llegado a este mundo, nunca había conocido a alguien más hermosa y él la tuvo para sí mismo todo el día. No podía evitar sentirse orgulloso, por el hecho que ciertamente nunca lo hubiera podido hacer en su viejo mundo.

 

Aunque al despertar de ese pensamiento vio otro: ¿Cuánto podría durar? Un día, tendría que regresar a casa. ¿Qué sería de cada uno cuando ese día llegara? ¿Aún compartirían la misma amistad libre que tienen ahora— o en algún punto del camino, puede que las cosas sean diferentes?

[¡Hey, Hiro!] Dijo. [Nunca antes había visto uno. ¿Qué tipo de planta es?]

 

[¡Qué descortés! ¡No es una planta, es una flor silvestre!]

 

[Perdón, perdón. Una flor silvestre. Es muy bonita.]

 

[¿Verdad? Toma.] Ella se lo ofreció.

 

Él la tomó y la puso detrás de su oreja. [Um… ¿cómo me veo?]

 

[¡No, tonto! ¡Se supone que me la pongas a mí!]

 

[¡Oh! ¡Cierto! ¡Lo siento!] Agitado, quitó la flor detrás de su oreja y la pasó por el cabello de Liz.

 

Una sonrisa floreció en su rostro. [¿Y? ¿Cómo me veo?]

 

Nadie en el mundo podría usarlo mejor— es lo que habría dicho si tuviera huevos. Como era, solo pudo asentir. Sonrió felizmente de igual manera.

 

[Vaya, gracias. Si solo pudiera quedarme hermosa para siempre…]

 

Hiro asintió en acuerdo, pero una parte de él no podía evitar sentirse de otra manera.

 

El tiempo era preciado porque era finito. Solo porque sus días estaban limitados es que los seres humanos hacían lo mejor que podía con lo que tenían.

 

Eventualmente, olvidaría este momento, pero entonces, todas las cosas serían olvidadas al final. Esa era la forma del mundo y no veía razón para lamentarlo. Después de todo, este día desaparecería algún día de su memoria, pero la verdad que esto sucedió nunca cambiaría.

 

A smile blossomed on her face. “So? How do I look?

La Bendición del Emperador de las Llamas

 

Hiro salió de su tienda y entró al frío matutino. Era su tercera mañana en las montañas. La piedra cubría el suelo, una alfombra de rocas de todos tamaños desde pequeños pedazos a grandes trozos. Emprendió su camino, exhalando niebla blanca en el aire frío.

 

Un bostezo se le escapó mientras caminaba. Había dormido poco cada noche desde que entró a la montaña. La causa de anoche había sido la misma que la noche anterior a esa y la anterior a esa.

 

Miró atrás a la tienda desde la cual había emergido. Se alzaba más grande que aquellas alrededor— sin sorprenderse, viendo que pertenecía a la Sexta Princesa.

 

Una de los centinelas salió a llamarlo mientras pasaba. [¿Durmió bien?] El hombre dijo. [Bah, ¿qué estoy diciendo? Claro que no.]

 

[Puedes decir eso otra vez.] Hiro respondió, preguntándose si estaba imaginando la figura por la voz del hombre. [Apenas pude cerrar los ojos.]

 

[Tú—] Enojo salió del ojo del centinela. Parecía estar a unas pulgadas de tomar a Hiro por las solapas. [No, no dejes que te perturbe. Calma. Calma.]

 

Alarmado, Hiro decidió escaparse. Un grito vino después. [¡Oy! ¡No he terminado contigo!] Pero no vio atrás, metiéndose directo al bosque. Siguió corriendo por un tiempo hasta que bajar de velocidad y detenerse.

 

[Dudo que me seguirá hasta aquí.] Se dijo a sí mismo.

 

En ese momento, sus oídos captaron el leve goteo del agua. ¿Quizás había un manantial cerca o cascada? Su curiosidad le pico, se dispuso a encontrar la fuente.

 

Los árboles se mermaban mientras progresaba. La luz matutina filtrándose por las ramas se hacía más brillante mientras el cielo se hacía más escaso, disipando los vestigios restantes de la noche. eventualmente, Hiro emergió del follaje para encontrarse parado ante un pequeño manantial.

 

[Whoa…] Suspiró.

 

Canticos de ave venían de las ramas desde arriba. Los árboles se agitaban mientras se meneaban con la briza. Flores silvestres enmarcaban el manantial en una gama de colores brillantes mientras se acercaba.

 

[Debe ser mi día de suerte. Puedo lavarme.]

 

Si tan solo hubiera traído una cubeta, pero no tuvo suerte. Hizo una nota mental para decirle al resto del campamento una vez regresara. El camino adelante sería mucho más fácil con la posibilidad de almacenar agua fresca.

 

Metió sus manos en el manantial y acercó su rostro a la superficie. El agua fría parecía mermar la calidez de sus dedos. Hizo una mueca por el frío, pero dio lo mejor por ignorar el dolor. Mientras tomaba un poco, el centro del manantial de pronto explotó con un tremendo splash.

 

[¿Huh?]

 

Hiro observo, estupefacto, y estaba demasiado frío para que ella estuviera tan despreocupada con ello. Era extraño, aunque no tan extraño como el hecho que ella casi estaba desnuda.

 

[¿A qué crees que estás jugando?] Exclamó.

 

Liz lo vio y sonrió. [¡Oh, Hiro! ¡No me di cuenta que estabas aquí!]

 

¿Dónde estaba su ropa? ¿No tenía frío? ¿No debería estar más avergonzada con ser vista desnuda? Hiro no sabía por dónde empezar.

 

[¿Puedo preguntar algo?] Dijo.

 

[¡Pregunta de una vez!]

 

[¿No tienes frío?]

 

La pregunta de su desnudez podía esperar, decidió.

 

Liz sonrió. [Para nada. Puedes agradecerle a la bendición del Emperador de las Llamas por eso.]

 

Ella salió de la piscina y se sentó en el césped a su par. Se encontró entrecerrando sus ojos. Ya había visto algo allí que ver, pero aun así, no quería mirar.

 

[¿Qué ocurre? ¿Aún con sueño?] La fría palma de Liz tocó su mejilla. Sus dedos gentilmente llegaron a sus pestañas.

 

El corazón de Hiro se sintió listo para salirse de su pecho. No podía confiar en sí en no perder el control si abría sus ojos. Reuniendo cada onza de restricción en su cuerpo, agitó su cabeza.

 

[¿Seguro? ¿Por qué tienes tus ojos cerrados?]

 

El cálido respiro de Liz le dio cosquillas a su oído, pero no podía darle una respuesta. Dándose cuenta que estaba atado al desastre, hizo la única cosa en la que podía pensar para calmar— o al menos, una particular parte de él— allí abajo: abrió sus ojos y con cuidado de no mirar a Liz, se lanzó a la fría piscina.

 

[¡¿Hiro?! ¡¿Estás loco?!]

 

Liz gritó del asombro mientras él flotaba en la superficie, sus dientes se apretaban.


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