SS 2
La Reunión
Esto es una historia de un día
cualquiera, de cuando Lydia Leinster todavía no era conocida como la “Dama de
la Espada.
En la zona oeste de la Capital Real hay
un montón de cafés.
Dicen que aumentaron tanto para atender
a los estudiantes de las academias que se concentran por allá, pero nadie sabe
los detalles exactos.
En uno de esos tantos locales, una
chica hermosa estaba sentada en una mesa afuera de un café elegante con un
techo azul cielo que llamaba la atención.
Su cabello rojo brillante le llegaba
justo hasta los hombros.
Llevaba el uniforme de la Academia
Real, y en su gorra brillaba el honorable adorno de media luna plateada que
indicaba que era la alumna número uno. Apoyada contra la silla de al lado había
una espada. Por el diseño, se notaba a leguas que era una obra maestra.
Aunque estaba en un café, sobre la mesa
redonda no había ni café ni té, solo un vaso de agua y unos cuantos dulces
horneados.
Con el codo derecho apoyado en la mesa
y la mejilla en la mano, miraba de vez en cuando hacia la calle. Se veía que
estaba esperando a alguien; cada vez que se daba cuenta de que aún no llegaba,
su cara se ponía de mal humor, pero al rato volvía a iluminarse. En esos
momentos se veía su verdadera edad. Probablemente estaba en los primeros años
de la adolescencia.
De vez en cuando soplaba una brisa
agradable que anunciaba el comienzo del verano y hacía ondear su hermoso
cabello. Era evidente que esa belleza de cabello carmesí era una dama noble de
una familia importante, pero el personal del café y los clientes habituales ya
estaban acostumbrados.
No toques a los Leinster y no te caerá
ninguna maldición. De hecho, con solo verla ya tienes suerte.
Habían pasado varios meses desde que la
chica del cabello rojo entró a la Academia Real esa primavera y empezó a venir
a este café con cierto chico. No tardó mucho en que eso se volviera algo
normal. Ahora hasta hay algunos valientes que se atreven a hablarle
casualmente.
…Aunque eso solo pasa cuando el chico
está presente. Hoy parecía que él se había retrasado.
La belleza de cabello carmesí puso los
dos codos en la mesa, infló un poco las mejillas y murmuró.
[En serio. Que un simple sirviente me
haga esperar. Por eso le dije que iría con él. Pero no, me dice: “Lidia, ve tú
primero. Tengo que consolar al director que está destrozado. Es mi culpa por
decirte que podías ponerte seria… Te pasaste. Después te voy a regañar.” Él fue
el que lo dijo, así que corté la magia de teletransportación y todo. …Idiota. Gran
idiota.]
Si algún mago hubiera escuchado ese
murmullo, le habría costado hasta hacer un comentario.
Cortó la magia de teletransportación…
Era simplemente increíble.
La magia de teletransportación, que
ahora solo poseen unos pocos elfos, es un hechizo de dificultad extrema.
Si se domina, puede anular el concepto
mismo de distancia y dar una superioridad abrumadora en combate.
Por supuesto, para dominarla se
necesita un control mágico muy por encima de lo humano y una cantidad de mana
que va más allá de lo inmenso. Generalmente se considera un tipo de magia que
ya entra en el terreno de los cuentos de hadas y las leyendas urbanas.
Y ella… la cortó.
Si eso era verdad, no era de extrañar
que Lord Rod, director de la Academia Real y héroe veterano que participó en la
Guerra contra el Señor Oscuro hace doscientos años, el “Gran Mago”, estuviera
destrozado.
[Delante de la belleza de cabello
carmesí, otra chica hermosa tomó asiento.]
Tenía un bonito cabello rubio que le
llegaba hasta los hombros. Era más o menos de la misma altura que la chica
pelirroja e igual de delgada.
Llevaba el uniforme de la Academia Real
y una gorra en la cabeza. Sus ojos transmitían una inteligencia profunda. En su
cintura colgaba un bastón de una mano. Un poco más allá se veían dos o tres
elfos. Eran sus guardias.
[No recuerdo haberte dado permiso para
sentarte, Cheryl.]
[¿Ah, sí? Pensé que tenías una cara que
decía: “Allen no está… ¿¡Me abandonó!? ¿¡Qué hago!? Awa-awa…” Hmm… Lady Lydia Leinster,
te ves linda así, ¿sabes?]
[¿Tus ojos están podridos? Ahora, date
prisa y regresa al palacio real, Princesa Cheryl Wainwright.]
[¿Eh? Pero no quiero.]
[¡¿Por qué no?!]
[Tienes una cita con Allen, ¿verdad?
Dejarme fuera así no es justo. Ah, o tal vez…]
[¿Q-Qué?]
En los ojos de Cheryl apareció un
brillo travieso y cruel.
Lydia se estremeció visiblemente.
Con un dedo en los labios, la princesa
sonrió con dulzura.
[¿Querías estar a solas con Allen? ¿Una
cita, quizá?]
[¡¿…?! ¡N-No, e-eso no es—!]
La belleza de cabello carmesí se puso
roja como un tomate al instante y se puso nerviosa.
Aprovechando el momento, las maids Leinster
que estaban escondidas apuntaron sus Orbes. Algunas ya tenían sangrado nasal.
Una hasta escupió sangre tosiendo: “L-L-Lady Lydia, t-t-tan linda…”
Viendo el estado de su amiga, Cheryl
pidió algo al mesero con toda tranquilidad. Se notaba que no tenía ninguna
intención de dejarlos solos.
Lidia, todavía confundida, se tomó el
vaso de agua de un solo trago, cerró los ojos, cruzó los brazos y, mirando
hacia otro lado, intentó una contraofensiva rápida:
[E-Escucha, ¿sí? N-No te hagas ideas
raras. É-Él es solo mi sirviente, nada más y nada menos—]
[¿Hm? ¿Lo soy??] —dijo una voz—. [Ah,
señorita, ¿me puede traer un té frío, por favor? Dos vasos.]
[¡¿…?!]
Cuando giró la cara, ahí estaba un
estudiante varón de la Academia Real.
Tenía el cabello castaño claro y un
cuerpo delgado. Era más bajo que las chicas y su cara todavía tenía un toque
infantil.
Debía haber venido corriendo, porque
tenía sudor en la frente.
Con un movimiento natural se sentó al
lado de Lydia, tomó el vaso vacío, le echó agua y se lo tomó de un golpe.
[Ah…………]
[Mmm…………]
[Hah, qué rico. El director me
persiguió hasta la mitad del camino. Me costó trabajo quitármelo de encima. Lydia,
la próxima vez ve un poco más suave con él… ¿Lydia? ¿Princesa Cheryl?]
[…………Idiota.]
[………¡Quita el “princesa”!]
La cara de la belleza de cabello
carmesí estaba roja hasta el cuello mientras miraba hacia abajo. Su voz era una
mezcla de vergüenza imposible de ocultar y alegría, y el mal humor de antes
había desaparecido por completo.
Las maids Leinster que estaban grabando
ya no aguantaron más; muchas se pusieron las dos manos en el suelo e inclinaron
la cabeza hacia Allen y Lydia como si estuvieran a punto de subir al cielo.
Las guardias elfas de Cheryl se
abanicaban las mejillas con las manos.
El chico le dio una excusa a la
princesa, que tenía las mejillas infladas.
[No, eso es imposible. Ya es mucho que
en la escuela me dejes llamarte por tu nombre de pila.]
[¡A Lydia no la llamas por su nombre de
pila!]
[Dijo que me cortaría si no lo hacía.
Últimamente también agregó “quemar” a la lista.]
[Ah…]
El chico y la princesa miraron a su
mutuamente problemática Lady y los dos se pusieron una mano en la frente al
mismo tiempo.
Plumas de llamas danzaban en el aire.
[¿Ambos? ¡Y especialmente tú,
sirviente!]
[Sí, sí. Como ordene su señoría.
¿Quieres té?]
[…Sí, quiero.]
El chico le hizo una seña a una mesera
que había estado mirando toda la escena.
—Y así, los tres terminaron pasando la
tranquila tarde de principios de verano juntos, de una forma u otra.

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