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Prólogo

La Chica Que Huyó al Mundo de los Números

 

Antes que Monica Everett fuera conocida como la Bruja Silenciosa y la más joven en unirse a las filas de los Siete Sabios, antes que su madre adoptiva, Hilda Everett, la recibiera— cuando aún era Monica Reyn, hubo un período de tiempo cuando olvidaba cómo hablar.

 

Tenía diez años cuando su padre biológico, Venedict Reyn, fue ejecutado por el crimen de investigar magia prohibida. Monica, huérfana de madre, fue acogida por su tío del lado de su padre, y vivió cada día temiéndole.

 

Su tío odiaba a su padre. [Debido a su estúpida investigación, me trataron como el hermano de un criminal.] Dijo. [Debido a él, mi vida es un desastre.]

 

Cada vez que su tío decía esas cosas, Monica protestaría desesperada. La investigación de su padre era maravillosa. Pudo salvar la vida de tantas personas. No había hecho nada malo.

 

Pero cada vez que Monica abría la boca, su tío le gritaría enojado. [¡Cállate! ¡Silencio! ¡Cierra la boca!] Le daría una paliza con sus puños y se rehusaría a alimentarla.

 

La echaba de casa por largos períodos de tiempo y Monica vagaría sin rumbo por las calles. Los citadinos que pasaba hablaban en susurros malvados— todos criticando a su padre.

 

Y mientras eso gradualmente desgastaba su cuerpo y espíritu, empezó a escaparse al mundo de los números.

 

Cada vez que su tío la golpeaba, cada vez que la encerraba en un cobertizo del mortal invierno, mentalmente repetiría todas las ecuaciones y fórmulas mágicas que había visto en los libros de estudio de su padre. Hacer eso adormecía el dolor en su cuerpo y el brutal frio de invierno.

 

Esas series de números eran su salvación. El perfecto y hermoso mundo de números nunca la lastimarían. Solo estaban allí, siempre perfecto y hermoso.

 

 

Algunas veces luego que empezó a retirarse al mundo de los números, la mente de Monica empezaba a distorsionarse. Primero, perdía la habilidad de reconocer a las personas como personas. Entendía todos sus números— el tamaño de sus rostros; el ángulo y distancia entre sus ojos; la longitud, ancho y altura de sus narices; los ángulos de sus mandíbulas; su altura, el largo de sus brazos; el largo de sus piernas. Pero ya no las reconocía como personas. A sus ojos, todos se veían como un manojo de números.

 

Siguiente, perdió la habilidad de reconocer las palabras que otras personas decían. Podía saber que el montón de números frente a ella estaban hacienda sonidos, pero sus significados se le escapaban. Y ya que no sabía lo que estaban diciendo, uniría los números de sus sonidos en ecuaciones, los resolvía y daba los resultados.

 

[¡Todo lo que siempre dices son números, números, números! ¡Eres una lunática!]

 

Incluso los insultos de su tío eran indescifrables. Monica ya no podía entender qué significaban las palabras.

 

La única cosa alrededor de ella era ese hermoso mundo de números.

 

Luego de un año al cuidado de su tío, Monica había caído por completo a que los números eran la única cosa que podía percibir y reconocer.

 

[El mundo está lleno de números.]

 

Esa era una frase de su padre y Monica se aferró a esas palabras mientras se alejaba de la realidad, huyendo al hermoso mundo numérico que nunca la lastimaría. Su cuerpo se cerró salvo a lo mínimo necesario para mantenerla con vida y su ya cuerpo delgado enflaqueció más hasta llegar a ser un palo de escoba.

 

Todos los días su cuerpo se deterioraba y se acercaba a la muerte. Pero ¿qué más daba?

 

Si aprendo muchas ecuaciones y fórmulas mágicas, mi padre me alabara.

 

Se le venía a la mente la gentil sonrisa de su padre mientras palmeaba su cabeza, Monica se derrumbó contra el muro exterior de su casa— había sido echada otra vez— sonrió.

[Cinco millones catorce mil doscientos veintinueve, ocho millones treinta y dos mil cuarenta…]

 

[Un millón, trescientos, cuarenta y seis mil, doscientos sesenta y nueve.] Llego una voz, dando la continuación de la secuencia de Monica.

 

Lentamente, Monica levantó su cabeza. Un manojo de números frente a ella había hecho un sonido.

 

[La secuencia de los “Cerdos del Viejo Sam…”] La voz dijo. [El Profesor Reyn debió haberte enseñado eso, Monica.]

 

Luego de un momento, repitió. [¿Mo-ni-ca?]

 

¿Cuánto tiempo había pasado desde que alguien había dicho su nombre? Su tío siempre la había llamado como “basura” o “estúpida” y similares.

 

Había pasado tiempo desde que escuchó también el nombre de su padre. Al final que, todos lo trataron como una maldición que no se atrevían a decir en voz alta.

 

Su nombre- y el de su padre— sacó a Monica de sus desenfocados delirios y de vuelta al mundo real.

 

[Mi nombre…] Dijo. [El nombre que mi papi me dio— Monica Reyn…]

 

No había pronunciado palabra alguna aparte de números en un largo tiempo. Se dio cuenta de lo mal que su garganta estaba. Gradualmente, recuperó su sentido del hambre, frío y dolor físico.

 

A pesar de esas sensaciones, sus ojos se abrieron mientras levantaba la mirada al manojo de números— no, el ser humano parado frente a ella. Era una mujer, probablemente en sus treintas, con cabello castaño peinado y anteojos. Y sabía el nombre de Monica. Ella era Hilda Everett, una investigadora quien una vez había sido la asistente de su padre.

 

La mujer se puso de rodillas frente a Monica, se quitó la estola que llevaba alrededor de su cuelo y se lo puso a la chica. Pronto, la abrazó, diciendo. [El profesor estaría triste si viera en ese estado.]

 

[Papi… Papito… Papito…]

 

La mujer no la golpeó o pateó, incluso cuando Monica hablaba de su padre. Solo la contuvo en un fuerte abrazo y lamentó su perdida.

 

Lágrimas empezaron a formarse en los ojos secos de Monica. [No es… la culpa de p-papá…] Balbuceó. [Él es… Papito no es…]

 

[El Profesor Reyn fue una persona maravillosa.]

 

[Papito, lo quemaron, lo quemaron todo…] Logró decir antes de sollozar.

 

Los brazos de Hilda la abrazaron con fuerza. El acto fue suficiente para decirle a Monica que la mujer estaba triste que su padre muriera.

 

Envolviéndola en su abrazo, Monica gritó. [Papito, papito.] Se quejó entre sollozos y moqueos— los sonidos más fuertes que había producido en un largo tiempo.

 

Gritó y lloró y lloró, como un niño pequeño.

 

Hilda era un miembro excepcional del Instituto de Investigación Mágica Real y la hacía una mujer muy ocupada. Pero adoptó a Monica y le dio el mejor cuidado que pudo. Cocinaría para ella, le haría pasteles— y cuando termino prendiéndole fuego a la cocina, corrió a contratar a una ama de llaves. Hilda no era adecuada para el trabajo de casa, para variar. La presencia de la ama de llaves mejor dramáticamente sus vidas, dentro de unos meses, Monica había recuperado el habla en su mayoría.

 

Mientras Hilda trabajaba en el Instituto, Monica pasaba su tiempo leyendo libros de magia en el cuarto de Hilda. Tanto Hilda y Matilda, la ama de llaves, eran personas amables, pero a Monica aún le asustaba salir afuera y estar rodeada de otros. Así que en cambio, leería los libros de Hilda y descifraría la fórmula mágica en el interior, pensando en formas de romperlas y unirlas de vuelta.

Un día, cuando Hilda regresó del instituto, vio que la chica en silencio escribía una fórmula mágica en una hoja de papel y sus ojos se abrieron.

 

[Esa fórmula…] Dijo. [Es el micro hechizo de fuego con un eje coordenado fijo, ¿cierto?]

 

Monica movió su cabeza de arriba hacia abajo.

 

Hilda se veía confundida. [No recuerdo tener un libro con esa fórmula…]

 

[Está, u-um…] Monica balbuceó. [Basada en la fórmula que usaste mientras, uh, estábamos horneando galletas.] Sus palabras aún eran torpes y confuses. [Yo esta, errr, um, pensando en, bueno, qué tipo de formula sería optima. Para, um, hornear galletas sin, bueno, quemarlas. Y fue divertido, así que…]

 

Monica se puso a explicar, en sus propias palabras vacilantes, la fórmula mágica que se le había ocurrido. Hornear una deliciosa galleta no era solo de ponerlas bajo el fuego. Tenías que calentarla por todos sus lados. Para ese fin, había estado pensando en cómo construir una barrera resistente al calor. Si confinaba un hechizo de fuego dentro de tal barrera, el calor no se escaparía. Colocar la galleta adentro y en unos minutos tendrías un dulce perfectamente horneado.

 

Hilda era tanto un miembro del Instituto de Investigación Mágica Real y un mago de primer rango. Monica estaba francamente avergonzada de mostrar una fórmula mágica que se le había ocurrido a tal talentosa persona. Especialmente porque esta fórmula había nacido como resultado del gran fracaso de una mujer horneando galletas. Monica tembló, temerosa que su madre adoptiva se enojaría con ella.

 

Pero Hilda la recibió con un abrazo. [¡Monica, eso es increíble!] Exclamó con emoción. [No puedo creer que aprendieras magia compuesta por tu cuenta e incluso la usaras para crear tu propia fórmula. ¡No todos pueden hacer eso, sabes!]

 

Detrás de ella, la veterana maid, Matilda, tomó una expresión más crítica. [Lady Hilda.] Dijo. [No puedo evitar preguntarme qué la llevo a tratar de usar magia para hornear.]

 

[Tomé la elección más racional al momento.] Hilda insistió.

 

[¿Quemar las paredes de la cocina era racional?] La maid preguntó.

 

Hilda soltó a Monica de su abrazo y arregló sus lentes. Luego, con el aire de un científico tomando un difícil experimento, dijo. [La elección más racional no siempre lleva a los mejores resultados.]

 

[Por favor, no use el horno la próxima vez.] La ama de llaves dijo.

 

Hilda ignoró la muy razonable solución de la maid y miró directo a Monica. Sus ojos estaban llenos de amabilidad y compasión, pero también se veían distantes. Probablemente estaba viendo a Venedict en su hija.

 

[Sí que tienes talento, Monica.] Dijo, tomando la mano de la chica. [Si te enseño los fundamentos de la magia, ¿tomarás el examen de entrada de Minerva?]

 

Minerva era la institución de aprendizaje más grande de magia del Reino de Ridill. Pero para ser honestos, Monica no quería ir a la escuela. Tenía miedo de estar rodeada de otras personas. Especialmente una escuela como Minerva, la cual usaba un sistema de dormitorios para todos sus estudiantes. Y estaría separada de Hilda.

 

Pero entendió que simplemente no podía encerrarse en la casa de Hilda así. Si se graduaba de Minerva y ganaba su certificación de mago, no tendría que preocuparse de encontrar un trabajo. Y podía pagarle a Hilda todo lo que había hecho.

 

[Minerva… Bien, tomaré el eschamen de entrade…] Murmuró en acuerdo, temerosa.

 

Hilda asintió firmemente. [¡Estoy muy segura que te convertirás en un increíble mago!] Dijo. [¡Vamos a darle al examen de inmediato! ¡Hornearemos algunas galletas usando el hechizo compuesto que ideaste!]

 

[¡Por favor, use el horno, mi lady!] La ama de llaves argumentó.

 

Hilda la ignoró, determinada a probar la idea de Monica de usar un pequeño hechizo de fuego y una barrera resistente al calor.

 

El experimento fue un brillante éxito. Las galletas se calentaron parejo, resultando en maravillosos pedazos de carbón.

 


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